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Y aún soy más fantasma que tú

Delete this post Posteado por Jesús Daniel Castillo el 09/Aug/2006
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Mensaje:

Y aún soy más fantasma que tú…

Tales son las ideas que sospecho, que es casi verdaderamente inútil el abril los ojos, no sólo dejo de contar el tiempo, sino que miro lo que nunca he previsto o soñado. Quien podría arrebatarme el privilegio de este asombro?...
Al despertar esta mañana supe que no había pasado un día, quiero decir que la memoria de mi despertar anterior era demasiado inmediata, demasiado contigua. O quizás un reloj interno y la arena que aún velaba mi vista de vidrio agrisado me advirtió que el tiempo entre el amanecer que recordaba y la noche que vivía era demasiado breve; casi imposible. Sigo acostado, temblando, abrazado a mí mismo, a mis piernas, con las rodillas cerca del mentón. Pero puedo reflexionar: que probablemente la noche que me rodea ha sido creada y yo mismo al imaginarla, la aumento… la**pecha de que no he llegado aquí por mi voluntad y la incertidumbre, sobre las maneras de cómo pude ser trasladado hasta aquí; todo me hace dueño cierto y absoluto de mi propia sorpresa. (Hay un olor a ceniza fría: no tengo hambre.) Todo, menos algo que podría ser nada se quiebra dentro de mí… y entonces pienso ¿O se prolonga esta penumbra artificial en el mundo exterior y fingimos aún estar vivos, o todo es un vicio final que no soporto? El hastió me mira y yo imagino, Hablo y pienso siempre de una memoria contigua y quizás sólo invoco una vida brutalmente interrumpida, hace años, hace siglos: el tiempo inmediato se parece al más lejano, y en medio quedan los pantanos del olvido… ¡va! Seguramente debo estar loco, siempre supe que la madurez es una manera de recordar todo lo olvidado, todo lo perdido; la infancia regresa cuando se envejece, en la juventud la rechazamos. Y creo que por eso cerré los ojos dispuesto a aceptar mis banales explicaciones, convencido de que no tendría sentido acoger el insistente impulso de levantarme y regresar, volver o continuar, pero entonces los abrí, fortalecido; una urgencia inexplicable me animaba a levantarme, a salir, a regresar, a continuar, pero ¿Por qué?, ¿A donde?, ¿Para qué? Y fue cuando supe que debía esperar un momento culminante y resignarme, admitir algo que no debía, para que así el dolor realmente fuese catastrófico… mientras todo se perdía en un instante de insensible violencia, a fin de proseguir el camino derecho hacia el vacío. Entonces debí nuevamente cerrar los ojos, no sin antes haber vislumbrado el terror de a veces topar contra paredes donde sólo se ve la invisibilidad del aire, donde caigo en breves pozos que en su fondo imitan la fijeza de estrellas olvidadas.
Cambié así, la fugacidad de las ca** por la gravedad de los efectos; y supe, en ese momento, que los motivos pueden olvidarse o remplazarse, o matizarse infinitamente a partir de los ciertos e inconmovibles efectos, ya que el efecto, al cabo justifica la causa febrilmente…y entonces temblé pensando en el deseo de huir, engañado, lejos de estas murallas desintegradas, hacía un mundo lejano, con menos fatiga y más esperanza que éste… huir a mi muerte…
Hasta que un día conocí a un hombre apresurado e indiferente, su languidez era una forma de la impaciencia: su preocupación la más segura advertencia de un profundo desdén. Le gustaba subrayar las cosas, porque en el fondo no le importaban: no las asumía con la naturalidad que yo espere de él, las revestía de urgencia, deber o prestigio; no era capaz de aceptar en silencio, tampoco de ofrecer su amor, otros lugres nos llaman, el mundo es tan vasto… él había olvidado todo, nada preveía, el instante era su amo, falso amo , falso instante; los momentos serán tan plenos como lo deseemos sólo si cada uno levanta sobre la fugacidad todo nuestro pasado y todo nuestro futuro: una memoria entrañable, una imaginación consiente de los precios que habremos de pagarle al desgaste, al olvido, a la tristeza, al amor, a la muerte, era un hombre joven, no muy amigable, con el cabello rojizo casi hasta la cintura e ideas rotas del corazón, de ojos de un color gris azul extraño poco común en los hombres de naturalidad incierta, de valores vapulazos poco ordinarios, se decía llamar Jesús Daniel aunque otros le decían chucho sin conocerlo siquiera, era un loco, un desequilibrado, un insano, un insensato ”era yo”, visto en la espontaneidad de un extraño espejo opaco justo después de una entrañable sobredosis discontinua mal acostumbrada en el Doberman, acompañado de fa** amigos, después de alguna larga clase, “era yo” y mi pasividad me dañaba… debí haber sido un hombre ambicioso que al mismo tiempo se atrevió a soñar, uno de ésos hombres que utilizaba lo posible para alcanzar lo improbable, sin saber que la política de las vida es una minuciosa información de lo improbable para alcanzar lo posible; incursionando en la practica de la dispersión del sueño… pero como decía un olvidado poeta: recordarlo todo es, nuevamente olvidarlo todo: y fue así que evoque en el tiempo roto de mi desperdiciada vida las tres tesis básicas que escandalizaron al mundo entero de manera dispersa, todo gracias a un imbécil que jamás conocí: la primera, fue la de las eternidad del universo; la segunda la de las doble verdad; la tercera, la de la unidad del intelecto común. Y la tan estúpida pero cierta explicación nacida en los confines de mi absorción mental drogada hasta estallar… si el universo o el mundo es eterno, no pudo jamás haber creación, si la verdad es doble, puede ser infinita: si la especie humana no posee una inteligencia común, el alma individual no es inmortal, pero el genero de los hombres sí.
No recuerdo todas mis vidas, esa es mi imperfección seguramente, mi memoria sólo se remonta al origen de mi conciencia; detrás de ella, reinan las tinieblas, después de ella, sólo la indiferencia y quizá la selección involuntaria la ofuscan, ya que recordarlo todo es olvidarlo todo, quizás mi memoria es total porqué sólo recuerdo lo que merece ser recordado. Podría convocarlo todo, si así lo desease. pero sin duda me volvería loco y mi vida seria idéntica a la naturaleza, por eso huí a California me encerré en una casa, me encerré en una recamara desnuda de la casa, tapice las ventanas, prohibí la cercanía de la luz, dejé de asearme y creció mi barba, contraté a un criado que según los rumores, había estado recluido alguna vez en un manicomio, le di órdenes de no mostrarse, de no dirigirme la palabra, de limitarse a prepararme la comida necesaria para no morir de hambre y de pasármela en un plato de latón, por debajo de la puerta una vez al día. Y me senté a repetir incansablemente las tres verdades dentro de mi oscuridad: el mundo es eterno, luego no hubo creación: la verdad es doble, luego puede ser múltiple, el alma no es inmortal pero el intelecto común de la especie humana es único. Esperaba llegar por esta triple vía a la unidad, al pensamiento de los pensamientos, y a veces, debo decir que culpablemente, admitía nociones intrusas y me decía a mí mismo que la estructura objetiva de la naturaleza no puede ser pensada sin volverse loco y que el maestro que me daba clase en la tan pueril y defectuosa Fes Aragón estaba realmente equivocado en este aspecto, ya que la prueba está en que nos derrota de antemano cada aproximación a los secretos que no nos incumben es una falsa victoria; nos distrae de nuestra tarea que es encontrar el pensamiento que no puede ser afectado por la naturaleza, sacrificamos lo único que nos distingue de ella: la imaginación total que ella no puede penetrar la inteligencia y la voluntad únicas y eternas de los hombres mortales y estúpidos como yo, que incesantemente repiten al primer ser que fue la causa inmediata del primer pensamiento…
Fragüé todas las imposibilidades, pensé en los tiempos reversibles y en la simultaneidad de los espacios, llegue a creer que lo que sucedió jamás había sucedido y que lo que jamás había pasado ya estaba registrado por la historia; imagine esferas cuadradas, triángulos de innumerables costados, curvas rectas, objetos a la vez infinitamente espesos e infinitamente ligeros, poemas que desintegrarían la materia oral y escrita, lenguajes prohibidos, ciudades ubicuas y colores absolutos. No precisaba un espejo: pues de alguna forma sabía que la concentración imaginativa me estaba reduciendo a la idiotez; la baba me escurría por los labios; comía con dificultad, mis extremidades se movían sólo ocasional y torpemente; evacuaba sin dominio; dormía sin sosiego. Y desconocía lo que sucedía del otro lado de la puerta. No estaba sólo, no podía imaginar los sentimientos del sirviente que con tanta puntualidad, me pasaba el plato de latón todas las tardes por debajo de la puerta, mientras yo repetía sin cesar: el mundo es eterno, la verdad es múltiple, el alma no es inmortal, e imaginaba mi propia contradicción: el mundo no es inmortal, la verdad es única, el alma es eterna. Discernía lo deseable en mi estúpida vista de vidrio en mi mirada hacia el vacío, hacia el olvido hacía mí mismo: los mundos son múltiples porque la eternidad es sólo las formas de la mutación, las verdades son eternas porque su multiplicidad asegura que así serán, así sean parcialmente transmitidas: la verdad única puede ser enterrada para siempre, perdida para siempre en el centro de un uva; y el alma transita mortal pero transformable, entre aquellos mundos y estas verdades, pues si el terror original dependía de la radical oposición entre un mundo que no muere y un alma que debe morir, la radical conciliación sería que ni el mundo ni el alma muriesen. Y entonces la mentira de esta proporción sería demasiado flagrante: el mundo nos parece eterno sólo porque su tiempo de morir es de un ritmo distinto al nuestro. La eternidad es una ilusión de tiempos compensados, un continuo en el que los seres de corta vida se suman a los de larga vida y éstos a su vez reengendran a aquellos. Si yo hubiese sido mariposa –me dije- ya estaría muerto, si fuese un río aun no habría nacido. Vislumbre el secreto de la reencarnación: el mundo es eterno porque muere renovándose y el alma es mortal porque vive e su singularidad intransferible, así que sostuve en la soledad de esa recamara, que la resurrección sólo es posible si abandonamos a tiempo, y para siempre el cuerpo que habitamos, -estoy loco, afirme lo que la patrística negó, hice traer a una mujer de la calle a esa casa, la sometí a mi propia y escasa lujuria, intente todas las combinaciones. La obligué a buscar copula bestial en los montes, mezclé mi semen con el de los machos cabrios y los tigrillos, la envié a dormir en el aposento de la servidumbre. Dejé al azar el posible encuentro con el criado loco que me servía. La mujer quedo embarazada y, apenas supe de esta concepción pude imaginar de un golpe todas mis vidas anteriores y todas mis reencarnaciones futuras. Misteriosamente, había obtenido mi inserción en el inmortal intelecto común de los hombres, y entonces temblando, sudoroso mortalmente fatigado, supe que fui un cazador tan desnudo como las bestias que acosaba y me acosaban, un constructor de arquitectura, un esclavo fatigado junto a un gran río, un pícaro mercader en tierras arenosas, un fatal soldado en los ejércitos de Darío, un discípulo frívolo y sensual en el ágora de Atenas un luchador iletrado y voraz en los circos de Roma, un mago descalzo, colérico y elocuente en los olivares de Palestina, un emigrado que llora a orillas del Bósforo; de nuevo, en Roma, un compasivo y audaz pastor que lleva cantarillos llenos de leche a las catacumbas; más tarde, un devastador de las ciudades inconquistables, en seguida, un conquistador pacífico, de las mismas tierras que antes profané; servidor, en fin, de la universidad magistral, expositor de tesis condenables, teólogo en fuga, estudiante de comunicaciones en la unam, un loco drogado y sin remedio encerrado en su recámara escuchando a Pearl Jam, pensando sin cesar las fórmulas del tiempo, de la resurrección, de la continuidad, servido por otro loco…, pensando en lo que seré, como ya sé lo que fui: labriego numeroso en tierras de Poitiers prácticamente dueño de mi propia parcela, expulsado de ella por el rey, obligado a convertirme en pequeño artesano de la ciudad, muerto nuevamente en una de las guerras de sucesión, halconero de un duque español en mi siguiente resurrección, marinero joven y sin temor arrojado por un naufragio en tierras que antes no había pisado un hombre europeo portador de las buenas nuevas e increíbles, cazado como un venado en tierras de América, presa de la inquisición, monje abhidarmista en Calcuta, fabricante de polvora para los festivales en Shangai, fabricante de tejidos en Londres, musico en la corte de Mecklenburgo, arquitecto en Argentina, soldado Hambriento en los campos de Boyacá, navegante infinito de los mares del sur, otra vez cazador de bestias en las soledades de la bahía de Hudson. Todo esto fui cada vez en un cuerpo distinto pero con una inteligencia única. Entonces me interrumpí, ¿Y ahora?¿Quién soy ahora? me pregunte a mi mismo y mi silueta en el espejo respondió ahora soy TÚ…
Estoy parado en medio de un altar sin historia viviendo la voluntad de mi tristeza, cada hombre vivo posee treinta fantasmas, y yo soy uno de ellos que te rodean a ti, te estoy pensando totalmente; tu eres, en este instante el pensamiento de los pensamientos…sé que he huido de todo lugar; sé que renuncie al valor, a la fe y a la compasión; al dolor también, detrás de mí, escuche los pasos apresurados del pasado, luego sus pisadas, como las mías fueron tragadas por el rumor de los laberintos que nos envuelven, todo pierde su forma, muros y siluetas, objetos y rostros se despintan, como si su anterior invisibilidad hubiese sido el producto de una negrura total: la oscuridad impenetrable como la transparencia más límpida, son igualmente prohibitivas para el ojo del hombre, estoy pensando al mundo, estoy pensando a los hombres, estoy pensándote a ti, que no existes, en un tiempo que aún no existe que quizás jamás llegue, pues me has olvidado, pero lo que tú no sabes es que yo te acompaño siempre; que yo reencarno, un poco antes, un poco después que tú…
Para la “Gente del cielo” (Binisa) allá en la ENAP.
Jesús Daniel Castillo
(Chucho Drogado, segunda parte)


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