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Un cuento Roto
Posteado por Jesus Daniel Castillo el 09/Aug/2006 148.240.197.39
Mensaje:
Un cuento roto…
Una vez yo escribí un cuento. Era un cuento loco y estúpido que hablaba de cosas de juventud: amor, desesperanzas, neurosis, borracheras, etc… era en fin un cuento loco y estúpido , pero del que, como de todas las cosas en que hemos puesto cariño y esfuerzo, me sentía muy orgulloso. Yo leía y releía aquel con intima deleitación y gozaba intensamente con la idea de publicarlo algún día. Como hablaba de amor (ya he dicho era un cuento estúpido) imaginaba verlo, lujosamente encuadernado, entre las manos lánguidas de algún enfermo o enferma espiritual o de alguien que se conmoviera hasta la fibra más honda de su ser, antes de voltear cada página, lo abandonaría breves instantes sobre sus piernas al sentarse para lanzar un suspiro y enjuagar una lágrima y luego pasada la emoción, continuaría la interrumpida lectura hasta que otra lagrima u otro suspiro volviera a interrumpirla… y así sería hasta el fin del libro que, una vez concluido, las manos delicadas cerrarían devotamente para colocarlo en un librero solemne, en el lugar destinado a “las obras maestras”, entre otros libros escritos con sabiduría y elegancia, los cuales sin embargo, desmerecerían mucho junto al mío, que encuadernado con primor, se distinguiría en la penumbra de la biblioteca por las letras doradas de su lomo. Yo estaba muy orgulloso de mi obra. Me parecía un cuento extraordinario bien escrito, lo mostraba a mis amigos y todos me alentaban a que continuara escribiendo. Me animaban a ello, diciéndome que era poseedor de un talento nada común al cual tenía yo la obligación de cultivar y desarrollar. Que la literatura era quizá la más noble de todas las artes, debiendo por lo tanto dedicarme a ella por entero y sin desmayo hasta conseguir un puesto entre los genios de la literatura indoamericana. Ante tales elogios y consejos, yo pensaba, sin comunicárselo a nadie, que con el tiempo podía llegar a merecer uno de esos premios mundiales que tanto ambicionan los intelectuales de todos los pa**. En fin, halagado en todo lo ancho de mi vanidad, creí merecer meritos suficientes para distinguirme del resto de la humanidad y comencé a adoptar poses que yo juzgaba adecuadas a un escritor de fuste. El arreglo de mi persona no me preocupaba en lo más mínimo. Llegué a salir con el cabello muy largo y suelto, cubierto con abrigos flojos que al caminar revoloteaban en torno a mí cuerpo, queriendo sugerir con eso la delicadeza de mí espíritu y la ligereza de mi pensamiento. Con aquellas prendas de vestir me sentía dotado de una personalidad relevante e inconfundible. Procuré alejarme del cír**** de mis amistades, quienes me perecieron, de pronto, tontas e insípidas. Para pasear escogí los lugares más apartados y solitarios Un día, recordando a un viejo amigo mío, culto e instruido, a quien yo estimaba y quería muy de veras, pensé que su opinión sería para mí más valiosa que todas las que hasta entonces conocía, ya que siendo persona muy versada en literatura y cya sinceridad me constaba desde hacía tiempo, podía confiarle sin reservas la critica de mi obra, así que pues, me encaminé hacia casa llevando mi cuento cuidadosamente guardado en un portafolios de piel. Encontré a mi amigo cómodamente sentado en uno de los amp***illones de su estudio, fumando un cigarro. Por su aspecto noté que mi visita era inoportuna. Se veía cansado, muy cansado, casi enfermo. Con un movimiento de cabeza me invitó a tomar asiento, me senté frente a él en un sillón tan grande que difícilmente mis pies tocaban el piso. Puse ceremoniosamente mi enorme portafolios sobre mis rodillas y apoyando mi despeinada cabeza en una de mis manos esperé a que mi a migo me atendiera. -veamos -me dijo luego que hubo encendido otro cigarro –¿qué te trae por acá?.. -Te traigo un cuento… -Eh… -Sí es un cuento que he escrito yo… ¿no lo sabías?.. -No. Aquel rotundo “no” me llegó al alma, pero reponiéndome prontamente, añadí: -Bueno… pues ya lo sabes: lo escribí yo. -¿Y para qué me lo traes?.. Era su tono tan indiferente que no pude menos que exclamar: -¡Vaya!.. lo he traído para que lo leas, pero si no te interesa me lo vuelvo a llevar y asunto concluido… Y levantándome de un salto, ya me disponía a salir del salón, cuando él, fijándose en el rollo de papeles que oprimía nerviosamente entre mis manos, se puso de pie para sacudir delicadamente, la ceniza de su cigarrillo en un cenicero colocado sobre la mesa, cerca de la cual había quedado yo. Tomo de mis manos el rollo de papeles y volviendo a sentarse, me dijo: -Vamos, tonto… no te exaltes por tan poca cosa… ¿no quieres un cigarro?.. Y comenzó a hojear mi cuento con el gesto de quien se decide a leer una obra pesada. -¿Con que lo escribiste tú he?... oye, pero esto no es un cuento, es demasiado largo, más bien parece una historia corta… -Me alegra que seas tú el primero en notarlo. En realidad tuve intenciones de escribir una novela larga, pero… me canse y la hice cuento… lo importante para mí es que he escrito un cuento. Tengo toda la vida para escribir lo que quiera y como soy todavía muy joven, demasiado joven quizá, pues… -Siempre me ha gustado tu optimismo –me interrumpió mi amigo mirándome burlonamente por debajo de sus cejas aquella mirada tuvo la virtud de acabar con mi impaciencia hipocondríaca y cosa extraña, pero me sentí cohibido sin saber por qué. -Veo –le dije- que hoy no estás de humor para leer cuentos. Prefiero volver otro día… ¿quieres darme mi historia corta?.. -Si quieres irte: anda; pero el cuento no te lo doy… ¿Qué no tienes confianza en él?.. ¿no crees que su mérito pueda acabar en un rato con mi mal humor?... además, si vuelves otro día no me encontrarás. Mañana salgo de la ciudad… pero no te inquietes, mañana mismo tendrás tu cuento y la opinión que te hayas merecido. Te enviaré las dos cosas por correo o con un mozo… ahora mismo me pondré a trabajar para no faltar a mi promesa… -Oye –le dije entusiasmado- tengo mucha fe en ti. Fíjate que has sido el último en ser consultado. Te he dejado hasta el final para cerrar con broche de oro la crítica de mi cuento. Yo se que tu consejo será el más sincero y ten por seguro que me guiaré por él… -¿De veras?... -Te lo prometo. Sonrió con malicia y por segunda vez en esa tarde me miro por debajo de las cejas. -Dudo que lo cumplas –repuso- pero en fin… a ver que resulta… en todo caso quiero que sepas que soy tu amigo… -Lo sé. Precisamente por eso he venido… dime: ¿Cuándo volverás de tu viaje?... me encantaría charlar contigo un buen rato… -No sé; pero en cuanto regrese te avisaré inmediatamente… -Entonces, adiós… oye se justiciero con mi cuento ¿quieres? -Lo seré. Pierde cuidado. -Adiós, pues.
Al día siguiente me levanté temprano. Me senté tras lo visillos de la ventana de la sala esperando la respuesta tan ansiada y temida. Por fin, un chiquillo toco la puerta y me entregó dos sobres grandes marcados con los números 1 y 2. En la cubierta del marcado con el numero con el numero 1 se leía la siguiente razón: “Ábranse por orden numérico”. Corrí a mi cuarto y sobre la cama me dispuse a leer. Lo que encerraba el primer sobre no era una carta ni nada que se le pareciera. Era una hoja de papel escrita a maquina y cuyo texto, trascribo integro. Decía así: “Si yo me hubiera dejado llevar por las aficiones literarias que me asaltaron durante mi lejana juventud, sin duda alguna que habría titulado esto como “Un cuanto imposible” y a estas horas o un presuntuoso o un fracasado, total: un pobre diablo. La verdad es que sin llegar a ser un escritor soy un fracasado. Te explicaré por qué. Yo, como tú, escribía cuentos y novelas que una vez concluidos, examinaba y estudiaba. Observaba a** personajes al hablar, al moverse, al sentir. Atisbaba** movimientos más mínimos como si fueran criaturas vivientes de carne y hueso y no funciones de mi imaginación. Yo era feliz al crearlos. Muchas veces llegue a dialogar con ellos. Lo hacia para convencerme de la firmeza de sus caracteres y debo confesar que siempre quedé satisfecho. Los trazos de su espíritu eran firmes y bien delineados. El canalla, era un perfecto canalla. El héroe, siempre fue un héroe, en ocasiones, indeciso, desfalleciente a ratos, pero héroe del principio al fin… y así todos. Sus pasiones, sus virtudes, sus crímenes, todo lo que era capaz de conmoverlos y arrastrarlos, servíanme de trama con la que tejía relatos completos. Yo leía mis obras con orgullo, pero pasada la primera impresión, me sentía decepcionado. Nunca llegué a escribir algo verdaderamente completo. Nunca pude decir todo lo que había que decir sobre tal o cual situación… ¡Nunca!... siempre había algo que escapaba sutilmente a mi pluma… yo sentía que aquello que me era imposible captar y estampar en letras, flotaba afuera el cuaderno en que había escrito, como algo que envolvía tenuemente, sin llegar a penetrar en él, ¿comprendes?... yo veía una especie de bruma que seguía al cuaderno por todos los sitios en que lo colocase y que era algo así como su alma. Sí, un alma propia que había surgido de todas las pasiones en él descritas y que flotaba en torno del mismo porque mi mano torpe no había podido diluirla en las frases de cada uno de sus personajes. Al tratar de describir el estado de ánimo de cualquiera de ellos en el caso de abatimiento, por ejemplo, yo escribía: “Fulano estaba triste”. Todos los que han estado tristes alguna vez, saben lo que se siente se está triste. La frase les recordaba o les sugería ese estado… pero… ¿era eso descubrir el alma de alguien que sufría?... desde luego que no. Esos pensamientos me descorazonaban, pero como era joven y terco, ensayaba de nuevo y concluida la nueva obra veía nuevamente aquella bruma flotando en torno de ella: era algo que me había quedado por decir. Así descubrí que es imposible decirlo todo. Descubrí también que existe un libro que nunca nadie llegará a escribir. Es un libro maravilloso, que tú, que yo, y que todos lo aficionados a las letras, hemos soñado en llegar a escribir, pero que por desgracia, nadie escribirá. Es un libro misterioso. Sus páginas vuelan dispersas en el espíritu de todos los hombres. En ellas la alegría y el dolor están impresos fielmente y la pluma de un escritor es incapaz de transcribirlas. Cuando lo intenta, tropieza con la indocilidad del lenguaje, que resulta, además, demasiado pobre, y ante esto, se conforma con describir, gestos actitudes, movimientos, descripciones encaminadas a sugerir al lector determinados estados espirituales. Desde luego, me he estado circunscribiendo al terreno puramente sentimental. Terreno en el que es muy difícil entrar por la sencilla razón de nuestra impenetrabilidad. Somos impenetrables. Alguien ha dicho que el hombre es una cosa cerrada al mundo exterior y que no dispone sino de cinco sentidos para tomar conocimiento de las cosas. No podemos vivir uno dentro del otro, estamos condenados a vivir solos, en la más aterradora de las soledades. Nos amamos, sin lograr fusionar nuestras almas. El amor es lo que más las ac***ero no las funde. Tú eres tú y yo soy yo. Ahora y siempre. Somos dos algos distintos, dos seres que no obstante el común denominador “humanidad”, vivimos cada quien en su espacio, amurallados dentro de nuestros cuerpos, perfectamente al cubierto de miradas curiosas que quisieran penetrar en nuestra intimidad. Re****; somos impenetrables. Es más, aún cuando quisiéramos dar al mundo exterior algo de lo que llevamos dentro, nos encontramos incapacitados para ello, porque desgraciadamente, la verdad sale desfigurada de nuestros labios. Ni siquiera podemos ser completamente sinceros. Sería preciso –ya lo dijo alguien- que el hombre poseyera una glándula capaz de secretar sinceridad para tener fe en las autobiografías. Ahora bien, calcula tú las dificultades para sacar a relucir los sentimientos de otros. Por eso, por la dificultad de describir con exactitud el motivo de la sonrisa más leve, renuncié a escribir… El libro que nadie escribirá permanece con sus páginas virginalmente blancas. No existe nadie capaz de trazar una sola línea en él. Pero… ¿ y las obras maestras?... –me preguntarás- las obras maestras son apenas algo así como preludio de ese vibrante libro imposible. Ahora bien, quiero demostrarte todo lo que te he confesado de la manera más sencilla. Luego que te enteres del contenido del segundo sobre, trata de escribir con el mayor realismo posible lo que experimentes después de haberlo abierto. Si lo que escribes te satisface plenamente, si después de leerlo puedes lanzar un suspiro de satisfacción, si, en fin, quedas contento de tu obra, no sólo te aliento a que continúes escribiendo: te lo exijo. Pues si tal sucediera, el libro imposible ya no sería imposible y sus primeras líneas serían las que en él trazaran tus manos. “Ahora abre el segundo sobre y escribe después”.
Abrí el otro sobre y en él encontré pedacitos y más pedacitos de algo que había sido escrito a com****dora. Inmediatamente reconocí el papel y el tipo de letras… ¡era mi cuento!... ¡roto!... hecho mil pedazos… ¿sería posible?... vacié aquellos restos sobre la cama y trémulo de indignación hundí mis manos una y otra vez en aquel conffetti … “Dios mío –exclamaba- es mi cuento!... ¡mi cuento! … ¡mi cuento!” y repetía esa frase con lagrimas en los ojos. Yo no había sacado ninguna copia y su destrucción me parecía digna de un monstruo. Me parecía algo así como un asesinato a sangre fría. Los vándalos me parecieron ángeles ante aquel hecho atroz… Calmado un poco mi cólera y deseando vengar aquella crueldad, quise escribir magistralmente la impresión que mi cuento roto me causaba. De ese modo mi amigo y sus estúpidas impenetrabilidades e impotencias quedarían burlados. Me senté ante mi mesa y traté de escribir tal y como él me lo exigía, pero… fue imposible. Empecé mi relato con la siguiente frase: “La destrucción de una obra que a base de esfuerzo y trabajo se concluyo, debería castigarse con la pena más dura”… no pudiendo seguir adelante, la leía una y otra vez y me disgusto tanto que tuve que romper el papel. Ensayé nuevamente y escribí así: “Una pieza literaria bien escrita y cuyo indudable mérito han elogiado muchos, es una cosa viviente, algo con vida propia que debe ser respetada”… ¡nada!… a romper otra vez el papel… de pronto, recordando que lo que debía describir era mi estado emocional, tome otra hoja y puse:”Estoy muy triste porque un amigo mío me rompió un cuento”… ¡no1…¡aquello era imposible!. Decididamente ya no podía escribir “aquello que sentía”. Las lagrimas pugnaban por brotar de mis ojos impidiéndome ver lo que trataba de escribir y no pudiendo más, abandone mi empresa, sintiéndome derrotado. Mi amigo, a quien no he vuelto a ver, tenia razón. Ahora, que ha pasado algo de tiempo le agradezco que me haya curado de mis pedanterías aunque aún continuo con mi aspecto estrafalario, y aunque muy en el fondo, no le perdono todavía la destrucción de aquel mi primer cuento loco y estúpido.
Para: un infeliz Jesús Daniel Castillo (Chucho Resignado)
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